Cuando construimos nuestra casa, fue en un lote vacío y bastante fangoso. Necesitábamos césped, árboles y arbustos para combinar con las estribaciones de Oregón circundantes. Cuando saqué mis herramientas de jardín y empecé a trabajar, pensé en el primer huerto que aguardaba a los humanos: «toda planta del campo antes que fuese en la tierra, […] ni había hombre para que labrase la tierra» (Génesis 2:5).

El relato de la creación en Génesis 1 repite la evaluación de Dios de su obra: «era bueno» o «era bueno en gran manera» (vv. 10, 12, 18, 21, 25, 31). Pero faltaba algo. Adán y Eva tenían que cultivar el terreno; ser mayordomos de la creación de Dios (v. 28). No se suponía que vivieran en un paraíso estático, sino en uno que necesitaba cuidado y desarrollo.

Desde el principio, Dios ha invitado a los humanos a participar con Él en su creación. Lo hizo en el huerto de Edén y lo hace con la «nueva creación» en que nos convierte cuando ponemos nuestra fe en Cristo (2 Corintios 5:17). La salvación no nos hace perfectos. Como dice Pablo: «No os conforméis a este mundo» (Romanos 12:2). Dios obra en nosotros a medida que procuramos una vida agradable a Él, «conformes a la imagen de su Hijo» (8:29).

Ya sea que cuidemos la tierra o nuestra nueva vida en Cristo, debemos cultivarla.

De: Matt Lucas