Cuando Jackie Robinson, el primer jugador negro de las Grandes Ligas, jugó en el Shibe Park de Filadelfia, Doris, una niña de diez años, estaba en la tribuna con su padre. Un anciano negro se sentó junto a ellos y entablaron una conversación sobre el partido. Más tarde, Doris reflexionó: «Nunca olvidé a ese hombre y su sonrisa». La encantadora interacción entre Doris —una niña blanca— y el amable anciano —hijo de esclavos— fue un punto brillante aquel día.
Sin embargo, esto contrastaba con la odiosa conducta que Robinson había experimentado en otro partido esa misma temporada. Contó que «en términos de raza, me gritaron de todo; fue horrible».
La conducta agresiva no se limita a los campos de deporte. Los hogares, los barrios, los lugares de trabajo e incluso nuestras iglesias pueden ser lugares donde triunfe la fealdad. Sin embargo, quienes creen en el Dios que mostró bondad a través de su Hijo (ver Tito 3:4), están llamados a hacer lo mismo. Pedro escribe: «sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición» (1 Pedro 3:8-9). La bondad triunfa cuando quienes la han recibido de Dios la comparten generosamente con los demás con la ayuda del Espíritu.
De: Arthur Jackson