Carla se paró junto a la ventana, con su bolso preparado y esperando ansiosa que llegara su papá. Pero, mientras el día brillante se iba oscureciendo hasta hacerse de noche, su entusiasmo se esfumó. Se dio cuenta de que él no iba a venir… de nuevo.

Los padres de Carla estaban divorciados, y ella anhelaba pasar un tiempo con su papá. No fue la primera vez que pensó: No debo ser importante. Seguro que no me ama.

Con el tiempo, Carla aprendió —al igual que todos los que recibimos a Jesús como Salvador— que, aunque nuestros padres terrenales y otras personas nos decepcionen, tenemos un Padre celestial que nos ama y no nos abandonará.

Juan —el autor de tres cartas de la Biblia, del Evangelio que lleva su nombre y de Apocalipsis— entendía la profundidad del amor de Dios. Incluso se refirió a sí mismo como «el discípulo a quien amaba Jesús» (Juan 21:20), identificándose como alguien cuya vida había sido transformada por el amor de Dios. Escribió: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios» (1 Juan 3:1).

Dios nos ama tanto que dio a su Hijo Jesús, quien entregó su vida por nosotros (v. 16; Juan 3:16). Siempre está atento a nuestras oraciones, y promete: «No te desampararé, ni te dejaré» (Hebreos 13:5). Podemos descansar seguros en su amor.

De: Alyson Kieda