Algunos de los pianistas más famosos del mundo confiaban en Franz Mohr, el técnico jefe de conciertos de Steinway & Sons, en Nueva York, para asegurarse de que sus pianos estuvieran listos para los conciertos. Experto en afinación de pianos, era requerido por su elaborado conocimiento y gran habilidad desarrollados durante décadas. Mohr creía que sus habilidades eran una oportunidad de servir a Dios, y a menudo compartía su fe con los pianistas y sus equipos.

Cuando Israel se preparaba para construir el tabernáculo y otros utensilios para la adoración, necesitó personas expertas (Éxodo 31:7-11). Dios designó a dos artesanos habilidosos, Bezaleel y Aoliab, para la tarea y los llenó «del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte, para inventar diseños» (vv. 3-4). Además de sus especializaciones, Dios los potenció con su Espíritu para guiar su trabajo. La disposición de ellos para usar sus talentos particulares en el servicio a Dios permitió que los israelitas lo adoraran adecuadamente.

Ya sea que nos consideremos talentosos o no, cada creyente tiene dones que Dios le ha dado para servir a otros (Romanos 12:6). Con el poder del Espíritu, podemos servir y adorar a Dios con la sabiduría, el entendimiento y los talentos que Él nos ha dado.

 

De:  Lisa M. Samra