La Sra. Charlene, madre de mi amigo Dwayne, tiene 94 años, mide menos de 1,50 metros y pesa poco más de 45 kilos. Pero esto no la detiene de hacer lo que puede para cuidar a su hijo, cuya salud física le impide cuidarse solo. Cuando uno visita su casa de dos plantas, ella baja lentamente los 16 escalones para saludar a sus invitados, tal como lo hace para asistir al hijo a quien ama.

La firme generosidad de la Sra. Charlene me sacude, desafía e inspira al priorizar el bienestar de su hijo por encima del suyo. Es un ejemplo de la exhortación de Pablo en Filipenses 2: «con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (vv. 3-4).

Cuidar a los que tienen problemas de salud u otras necesidades puede ser costoso. Las exigencias de la vida pueden ser agotadoras, e incluso podríamos descuidar a los más cercanos a nosotros si no quitamos intencionalmente nuestros ojos de nosotros mismos. Pero los creyentes en Jesús son llamados a ocuparse humildemente de los demás (ver vv. 1-4). Al hacerlo, seguimos el ejemplo de Jesús y ayudamos a otros. El apóstol nos recuerda: «Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús» (v. 5).

De: Arthur Jackson