Uno de los himnos más hermosos en español, La cruz sangrienta al contemplar, contiene en su primera estrofa el recurso poético de la paradoja, para mostrar un contraste de temas: «riquezas quiero despreciar» y «a la soberbia tengo horror». A esto se lo llama oxímoron: palabras usadas en aparente contradicción; como «buen perdedor» y «realidad virtual». En el caso de este himno, este recurso es muchísimo más profundo.

Jesús solía usar paradojas. «Bienaventurados los pobres en espíritu», dijo, sugiriendo que los que no tienen esperanza recibirán más de lo que jamás pudieran esperar. Cuando perdemos a un ser querido y estamos tristes, Jesús dice: «recibirán consolación» (v. 4). Así demostraba que, en el reino de Dios, las reglas comunes de la vida no aplican.

La vida en Cristo desafía todas las expectativas: a los que no somos nadie se nos aprecia como personas importantes. Fue en la cruz que Jesús llevó una paradoja visual: una corona de espinas. Y paradójicamente, este símbolo de menosprecio transmite una elevada belleza. Como expresa el himno: «Y las espinas de su sien / mi aleve culpa las clavó». Esta verdad estremecedora nos lleva a identificarnos conscientemente con la última estrofa: «¿Y qué podré yo darte a ti a cambio de tan grande don? / Toma, oh Señor, mi corazón».

De: Kenneth Petersen